No sé qué estoy haciendo

–¿A quién en la Biblia le dieron una encomienda y no sabía qué estaba haciendo por falta de ejemplo? –le pregunto a mi esposo, mientras nos acomodamos en la sala para poder comer y ver una serie y a la vez atender a la nena.

–Son demasiados –se queda pensando–. Ester, Elías, Moisés…

Comienzo a recordar sus historias mientras él se queda pensando en quién más añadir en la lista. Segundos después, llego a la conclusión de que muchas personas están en lugares donde no saben qué están haciendo o si están haciendo correctamente su labor. 

No me refiero exclusivamente a trabajo. Llevo ocho meses como madre y aún no sé qué estoy haciendo y, muchas veces, me pregunto si estoy haciendo un buen trabajo. 

Mi hija nació en medio de la pandemia, así que desde hacía varios meses estaba yo ya trabajando desde casa. Afortunadamente, llegó a nuestras vidas en verano, así que me encontraba de vacaciones. En agosto, cuando empezaron las clases, estaba de manera virtual. Esto quiere decir que, luego de conectarme con mis estudiantes y dar clases, cierro la computadora, apago todo y sigo en mi casa con ella. 

Muchas veces he tenido que dar clases con ella en la cangurera. Últimamente, esto ha sido un mayor reto y he tenido que ingeniármelas para que no me interrumpa llorando o agarrando el micrófono. También, para hacer las tareas domésticas, la he tenido encima. En fin, todo lo he hecho con ella encima. Esto quiere decir que he estado con ella ininterrumpidamente por ocho meses. ¡Casi un año!

Cuando tuve mi primer trabajo como cajera en un restaurante, a los ocho meses ya me sabía el menú, los precios y hasta los precios de productos individualmente después del IVU. Sin embargo, con esta niña de ojos grises y pelo escaso aprendo algo cada día. Nunca soy una experta.

En ocasiones, cuando está llorando sin consuelo y no es el pañal, no es hambre, no es sueño, me frustro preguntándome “¡¿Qué es entonces?!” Lloro con ella. Esos son los momentos en los que me siento sola, sin ayuda, perdida y como una madre fracasada. Nadie me enseñó a ser madre y muchas de estas veces, por no decir todas, me enojo con la mía. 

La ausencia de mi madre me dejó un sinnúmero de lagunas. Crecí sin saber muchas cosas; por ende, cometí muchos errores que, algunos de ellos, costaron demasiado. Quizás, he pensado, si ella hubiera estado presente, entonces hubiese recibido algún consejo sabio de su parte. Y ahora, pienso, si estuviera aquí, quizás estuviese aconsejándome o ayudándome. Es lo que más anhela mi corazón en estos momentos. 

Mi esposo es fan de la historia de Elías; se identifica mucho con él y sabe que muchos de sus problemas son por causa de hambre y falta de sueño. A mí, por otra parte, me gusta más la historia de Eliseo. Lamentablemente, no puedo identificarme con él por más que me guste. Elías no tuvo un ejemplo a seguir, sino que iba y hacía según Dios le ordenaba. Eliseo, en cambio, tuvo el ejemplo de Elías siempre presente, aun luego de su partida.

Aparte de ellos dos, podemos decir que en esta circunstancia me identifico más con Moisés. En Éxodo leemos cuando Dios le ordena a Moisés a sacar a los israelitas de la esclavitud. Moisés, lleno de miedo, sacó su lista de limitaciones y excusas. Esa soy yo casi todos los días con casi todo lo que tengo que hacer. Mi excusa favorita es y siempre será la falta de tiempo, entre una que otra inseguridad que guardo en el bolsillo.Mi mayor inseguridad últimamente con mi hija es dudar si soy capaz o no de ser una buena madre o la madre que ella merece.

Sé que no soy la única. Mi esposo también vive lo mismo día a día. Él no tuvo a su padre presente, así que vamos aprendiendo juntos. A veces seguimos consejos de otros; otras veces, aprendemos por ensayo y error o por lo que nos diga la pediatra.

Aunque no sé lo que estoy haciendo, una cosa sí sé y es que quiero ser para ella lo que no tuve: una madre presente, tanto físicamente como emocionalmente. No quiero que mi hija, al igual que yo, sienta rabia cuando escuche o lea que una madre es un hermoso regalo de Dios y se pregunte “pues, ¿dónde está el mío?”

¿Por qué dudamos de nuestra capacidad maternal o paternal? ¿De dónde viene tanto miedo? Efesios 2:10 dice que “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Él nos escogió, nos llamó, nos capacitó, nos hizo suficientes y nos brindó las herramientas necesarias para llevar a cabo nuestra encomienda.

A pesar de la ausencia de la guía que busco, he visto cómo Dios va colocando a ciertas personas en mi vida en momentos precisos. Desde la noche en que nos enteramos, debo admitir que hemos sido grandemente bendecidos. Hasta el momento no le ha faltado nada y, aunque está muy pequeñita para su edad, es una niña saludable. Algo debemos estar haciendo bien, ¿no?

Dios, en sus mil maneras de ser cómico con nosotros, nos deja saber que Él nos da lo que necesitamos en el momento adecuado. Muchas veces, no recibimos lo que pensamos que necesitamos. Así es Él. Digo cómico porque la manera en que nos sorprende es bien peculiar. Yo me río porque me deja sin palabras; solo puedo decir: gracias, Dios.

Él es nuestra guía, el ejemplo que buscamos y quien también nos deja saber que estamos haciendo buen trabajo.

Un abrazo,

Isa

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