Los que dejamos ir

Bien es cierto que hay una moda en blogs y talleres que hablan sobre relaciones y qué debo hacer con mi pareja y ofrecen buenos consejos sobre el momento de comenzar un noviazgo. De hecho, ha habido sesiones prematrimoniales para los que están de camino al altar que son muy efectivos. Además, por años han circulado revistas que dan consejos igualmente. Sin embargo, hay algo que no nos explican bien y es por qué aquella persona a la que amamos tanto, que nos prometió la luna y las estrellas, nos dejó.

Todos hemos pasado por ese momento de crisis en el que perdemos a una pareja y no entendemos qué hicimos mal. Entonces, recurrimos a todos estos recursos, tanto impresos como digitales, para buscar la respuesta de “por qué si me dijo que sería una gran esposa para él, me dejó”. Quizás al leer un artículo en un blog podemos entender algo, pero seguimos con más preguntas que respuestas. Incluso, podemos hasta encontrar libros que nos dicen: “no eres tú, es él o ella quien se lo pierde, porque tú eres un bombón”, y nuestra autoestima sube dos puntos.

No obstante, si me preguntaran cuando tenía 23 años (la edad en la que me dejaron o la edad en la que a nadie le gustas, según Blink 182) qué quieres en la vida, yo hubiese dado respuestas vagas. Vacilaría entre “éxito”, “felicidad” o “ser profesional”. Claro que ya a esa edad tenemos objetivos y ambiciones, ¿no es cierto? ¿Realmente es cierto? 

¿Tenemos una idea concreta de lo que queremos? ¿Sabemos verdaderamente cuáles son nuestras pasiones? En mi caso, entré a la universidad con una meta en mente: quería ser contable. Vamos a reírnos todos juntos. Durante el trayecto universitario descubrí que me encantaba la producción y no fue hasta mi último año que descubrí que siempre me apasionó escribir.

Todo este descubrimiento me tomó alrededor de seis años. No fue el comienzo de una nueva pasión, no me levanté un día y dije: “me gustaría ser escritora”. Ya lo era. Desde pequeña escribo. Sin embargo, me tomó una lista de errores y varios noviazgos en descubrirlo.

Hace unos meses leí un estudio psicológico en el que decía que entre las edades de 18 a 25 años es normal que una persona cometa muchos errores porque el cerebro no se ha desarrollado completamente. Eso fue un alivio grande para mí y entendí a los que ahora tienen 20 años que entran y salen de estudios universitarios, que cambian de carreras y siguen indecisos porque aún no se conocen.

Es normal que cuando entramos a los 20 años deambulamos entre las pasiones; comenzamos con un objetivo y durante el trayecto, algo pasó que se vio afectado y cambiamos el curso. 

De los 20 a los 25 años aún estamos conociéndonos y encontrando nuestro propósito. Esto se debe a que todavía no sabemos quiénes somos, hacia dónde nos dirigimos ni cómo llegaremos allí. Todo lo vamos descubriendo en el camino a medida que vamos avanzando, o por lo menos intentamos. Es en este momento en el que insistimos en involucrar a otras personas en nuestro viaje de búsqueda.

Es indiscutible, somos seres que buscamos relacionarnos y es que Dios es una relación en sí. No es solo porque la sociedad dice que debemos crecer para casarnos y tener hijos, sino porque somos seres de herencia y eternidad. A través de la herencia, dejamos el legado y esto se da a través de los hijos. (Esto lo descubrí hace poco y me sorprendió mucho.)

Por esto, nos obsesionamos en encontrar una pareja y, por la costumbre de mantener control, nos enfocamos en no perder esta relación. Pensamos que es lo que único que podemos controlar. Cuando sentimos que podemos perder a esta persona, nuestra obsesión y enfoque aumentan. 

Estamos en nuestra búsqueda y unimos a otras personas que están en su búsqueda igualmente. Durante el noviazgo descubrimos que tenemos objetivos diferentes. Nos percatamos en que nuestras pasiones no van unidas de ninguna manera. Piensa en lo peligroso que puede ser el que dos personas vayan por caminos separados, sin destinos respectivos, aún unidos. Deambulan juntos. Entonces, idealizamos la relación: lo vemos como algo poético y romántico el hecho de que ambos vamos sin rumbo en busca de nuestro destino juntos. En algunos casos puede funcionar, pero por lo general no.

Amós 3:3 dice: “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” Este versículo se utiliza mucho en el ámbito espiritual, en el momento de entablar relaciones con personas de la misma madurez y sabiduría espiritual. Sin embargo, se puede utilizar en el ámbito personal para entablar relaciones de pareja.

Algo que creo es que no debemos involucrarnos emocionalmente durante nuestra búsqueda. Ahora bien, esto no significa que nos debemos limitar y encerrarnos. Más bien a lo que me refiero es que evitemos gastar energía si no sabemos primeramente quiénes somos ni qué queremos. Es hasta contraproducente tanto para nuestras vidas como para los demás.

En vez de enfocarnos en buscar pareja, debemos buscar quiénes somos. Trabajemos antes en nosotros, en nuestras pasiones y metas. El no conocernos es la razón principal por la que en las relaciones se pierde la magia y lo categorizan como “las personas cambian”. No es que las personas cambien, es que en el camino se encuentran.

El transcurso de los 20 a los 30 es meramente una línea de búsqueda y errores. Los que estamos en esta edad, lo estamos palpando, pero pocas veces entendemos por qué perdemos a tantas personas, incluso amistades. No solo los años de adolescencia duelen, sino que estos también porque pasamos de niños a adultos. Comenzamos a tomar decisiones propias, muchas veces sin ayuda de otros adultos… más adultos. Empezamos a ser quiénes seremos por el resto de nuestras vidas.

Este es el primer enfoque que debemos tomar: nosotros. Trabajar en nuestras vidas, solidificarnos a nosotros mismos, construirnos individualmente. Primero debemos entender nuestra identidad como creación divina: Dios nos hizo para relacionarnos, pero también nos hizo con un propósito individual.

Así que, todo el esfuerzo en el que ponemos en mantener una relación con personas que ni siquiera saben qué quieren ni quiénes son, trabajemos para conocernos y entendernos. Busquémonos.

Isa Figueroa

© 2018 Pote de Sal

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