Sin Tierra Prometida

Todos nosotros necesitamos metas para movernos. Abraham se movió siguiendo la voz de un Dios aún extraño para él, que le prometía llevarlo a una tierra donde se establecería. Ese mismo Dios, más adelante, le prometió una descendencia más grande que las estrellas y la arena del mar. Por otro lado, tenemos a un Moisés quien libertaría a toda una nación de la mano del gobernante más temible de ese tiempo y los llevaría a una tierra de la cual fluía leche y miel. Entonces, tenemos a David; ese que rebasaría todos los obstáculos posibles hasta devolver al pueblo la seguridad de la presencia de Dios (el arca del pacto) otra vez en medio de ellos. Todos estos grandes hombres tenían metas y esas metas son muy parecidas a las que nosotros tenemos hoy.

Para algunos, hoy la tierra prometida es un empleo o una casa nueva. Para otros, la tierra prometida es la expansión de su ministerio o uno de mayor envergadura. Para unos, es el aumento considerable de la membresía de su iglesia. Mientras que, para otros, la tierra prometida es casarse y formar una familia. Sin emabrgo, ¿qué sucede si no alcanzamos nuestras metas ¿Qué sucede cuando días antes de la boda, el compromiso se deshace? ¿Qué sucede cuando, luego de haber pasado la entrevista, le dan el empleo a alguien más? ¿Qué pasa cuando esa persona por la cual oramos con tanta fe muere de esa enfermedad? ¿Qué pasa cuando nos quedamos sin la tierra prometida?

Muchos dirán: “¡Eso no es posible! ¡Sea como sea, Dios cumplirá su palabra y me dará lo prometido! Todo es cuestión de tiempo.” Aunque ciertamente Dios es fiel a sus promesas, hay varios factores que no podemos obviar.

Las promesas de Dios están condicionadas a nuestra obediencia.

“Entonces el Señor les hará prosperar en todo lo que hagan, y en hijos, en crías de ganado y en cosechas; sí, el Señor su Dios volverá a complacerse en hacerles bien, como antes se complacía en hacerlo a los antepasados de ustedes, si es que obedecen al Señor su Dios y cumplen sus mandamientos y leyes escritos en este libro de la ley, y se vuelven a él con todo su corazón y con toda su alma” Deuteronomio 30: 9-10

Esta parte no siempre es agradable. Todos quisiéramos vivir solo de la fidelidad de Dios, independientemente de la nuestra. Sin embargo, no podemos olvidar que Dios no promete algo a un objeto inerte y sin vida porque las promesas de Dios están ligadas a su intención de relacionarse con nosotros. Su intención es la paz y la comunión con nosotros.

Las metas en Dios no tienen que ver con entregarnos algo, sino con formar algo en nosotros.

¿No crees que si Dios quisiera entregarte algo lo puede hacer ahora, y listo No obstante, Dios está más interesado en nuestro proceso y crecimiento rumbo a la tierra, que en la tierra misma. Naturalmente necesitamos saber que hay una tierra más allá del desierto. Eso nos mantendrá animados y enfocados, pero la finalidad de Dios nunca será la tierra, sino tú. Él quiere darse a conocer en y formar Su carácter en ti. “Y esta es la vida eterna (la finalidad, el propósito): que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. Juan 17:3

La meta que Dios nos pone delante no necesariamente es el fin que Él tiene en mente.

Sus pensamientos siempre serán más altos que nuestras expectativas.

¿Has considerado que Moisés no entró a la tierra prometida, que Abraham no vio su gran descendencia prometida, y que David no pudo construir el templo que tanto quería para Jehová? Nosotros los usamos como ejemplo para alcanzar nuestras metas cuando que ellos mismos no alcanzaron esas metas que tenían delante de sí. Sin embargo, ellos sí cumplieron su propósito. Ellos sí alcanzaron la meta delante de Dios: conocerlo y darlo a conocer.

Moisés no entró en la tierra, pero logró que otros entraran. Él no entró a la tierra, pero entró a la presencia de Dios. David no pudo construir el templo, pero fue quebrantado y formado para ser el templo de Dios. David convocó y dirigió al pueblo a la humillación y exaltación de Su presencia entre ellos. Abraham no llegó a la tierra ni vio una descendencia multiplicada, pero pudo disfrutar de una amistad plena con Dios y recibir la revelación del Cordero de Dios antes que nadie.

Hoy no sé cuántas cosas sientes que Dios no ha cumplido o cosas que no has recibido. No obstante, más allá de todo, recuerda que el regalo más grande del cielo es Cristo mismo y aquellos que lo tenemos a Él, ya lo hemos recibido todo.

Lorell Quiles

© 2019 Pote de Sal

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