Lo que la maternidad me enseñó sobre las relaciones

Hace un mes, luego de 15 horas de parto, tuve el privilegio de dar a luz a una niña hermosa. Justo el viernes pasado cumplió un mes y, en estas cinco semanas que llevo con ella, he aprendido más sobre las relaciones que el tiempo que he estado con mi esposo.

Vale enfatizar que las relaciones no siempre son de pareja, sino que involucran a otras personas, como familiares y amigos. Eso ya lo sabemos, pero muchas veces, cuando alguien menciona la palabra “relación”, rápido piensan en el término romántico.

Hoy quiero aprovechar y ser un poco más personal y hablar de tres relaciones (no románticas) importantes en mi vida. Quiero compartir sobre todo lo que la maternidad me ha enseñado sobre las relaciones en estos días.

  1. Dios y yo
    • A veces pasamos por ciertas experiencias negativas –ya sea en la iglesia, con otro congregante o en la vida en general– que hacen que olvidemos nuestra identidad en Dios. Somos sus hijos, escogidos y apartados desde el vientre de nuestra madre.
    • Cada vez que miro a mi hija, imagino cómo Dios nos ve al ser creación de Él. La veo y pienso en lo perfecta y hermosa que es. Hago una película mental de cuando sea grande. No les miento, a veces hasta pienso en las decisiones que tomará y hasta en los errores que cometerá. Sin embargo, no habrá nada que ella haga que cause que yo deje de amarla, así como no hay nada que nos pueda separar del amor de Dios.
    • Antes de que ella naciera, confieso que me había alejado un poco de Dios por varias razones, incluyendo coraje, aunque no con Él. No obstante, una lección que he aprendido con ella es que sigo siendo su hija, Él me espera –como el padre esperó a su hijo pródigo– y, lo más importante, me ama.
  2. Mi madre y yo
    • Para hacer el cuento largo corto, mi madre y yo siempre hemos tenido una relación intermitente. Desde que tengo memoria, ella ha sido usuaria de drogas y perdió muchos hitos desde mi infancia hasta mi adultez. De hecho, en una visita que me hizo, me preguntó cómo crecí, cómo desarrollé mi personalidad y cómo llegué a ser quien soy. Le respondí que cometiendo muchos errores ya que no tuve a nadie que me guiara e impartiera sabiduría.
    • Esa última oración abarca que ella no estuvo presente, ni mental ni físicamente, para darme un buen consejo de madre. En fin, no estuvo presente por lo cual en ocasiones llegué a decir que yo era huérfana. Lo decía con toda seriedad como si fuera real y la gente me creía.
    • Como consecuencia de la falta de la figura materna en mi vida, desde que me enteré que iba a ser madre, decidí que el ejemplo que me dio mi madre fue uno de no seguir. Lo primero que haría con mi hija era estar presente en su vida. No quiero perder sus primeros pasos, sus graduaciones, su primer corazón roto, etc.
    • Además, algo valioso y muy importante que aprendí es que sí es saludable tomar distancias aun con familiares. Existen relaciones tóxicas dentro de la familia y debe ser totalmente aceptable mantenerse lejos de personas que no nos traigan paz.
  3. Mi hija y yo
    • Antes de que naciera, por una recomendación, comencé a ver la serie Gilmore Girls. Trata de esta relación entre una madre y una hija y todas las aventuras, desacuerdos, celebraciones, peleas, entre otras experiencias que tienen juntas.
    • Me encantaría tener una relación así de estrecha con mi hija. Me gustaría que ella tuviera la confianza de decirme lo que sea, porque ella sabrá que no la juzgaré. Amaría poder vivir tantas experiencias junto a ella. La diferencia de edad será más notable que en la serie, ya que Lorelai Gilmore tuvo a Rory cuando tenía 16 años, y yo hace mucho tiempo que pasé de esa edad.
    • Cuando imagino todo esto con ella, pienso en que esa es la relación que quisiera Dios tener con nosotros. Que estemos en la confianza de ser transparentes con Él al orar. ¿Para qué mentir si Él nos conoce mejor que nosotros mismos? Que lo incluyamos en nuestras aventuras, peleas, desacuerdos, celebraciones; en fin, en todo. En realidad, Él ya está, pero nosotros lo ignoramos. No quisiera que ella ignore mi presencia como nosotros hacemos con Dios.

No había procesado todo esto tanto como cuando la tuve por primera vez en mi brazos. Primero, siento que este privilegio de ser madre es un regalo inmerecido por tantos errores cometidos en el pasado. Segundo, como ya saben, mi experiencia familiar no es la mejor, ya que crecí en un ambiente totalmente disfuncional y tóxico. Tercero, como mencioné, en ocasiones atravesamos por situaciones confusas que nos hacen olvidar quiénes somos en Cristo.

Si he aprendido todo esto en solo un mes, ¿cuánto más aprenderé en los años que faltan?

Un abrazo,

Isa Figueroa

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